Remolino
Es como una maldición este tiempo sin tu amor, ¡cómo te extraño!
Y como sangra la herida y se me acaba la vida, ya no lo aguanto.
Desde que la vi supe que íbamos a tener una relación difícil. Tenía puesta una boina azul y una sonrisa enorme en los labios. Me estudió con detenimiento antes de decirme hola, con una voz que casi me hizo pensar que tenía asma.
- Ah, mire (la señora siempre me había hablado de usted), ella es Katya, se acaba de mudar aquí. Katy, aquí el señor es el inquilino del 6.
- Mucho gusto – dijo Katy, clavándome su mirada cual piquete de alacrán, como dirían en Guerrero. Yo tampoco podía dejar de verla, había algo en ella que me atrajo inmediatamente.
Nos vimos unas tres o cuatro veces por la tardes, cuando regresaba de trabajar. Me enteré que había pasado algunos años en Japón y que le había ido bien. Regresaba a México a intentar poner un negocio. Eso tenemos los mexicanos, no importa lo bien que nos esté yendo en el extranjero, no conseguimos desarraigarnos del todo. Ella era casi 10 años mayor que yo y tenía un hijo casi 10 años menor. Ahora que lo pienso con calma, era muy claro que no podíamos terminar bien. En esos días, por supuesto, no me detuve a pensar un sólo momento.
Como agua de cristal, así es el amor que yo llevo por dentro.
Y me consumo cuando te sueño, las mañanas junto a ti son como el cielo inmenso.
Una noche coincidimos en la cocina común y, de alguna forma (ella trataba de lavar un vaso, yo trataba de alcanzar algo en el refrigerador), terminé abrazándola. Podía percibir el aroma dulce de su cabello y sus uñas, inquietas, en mi pecho. Alguien más llegó a la cocina, con esa proverbial habilidad que tienen ciertas personas para romper los momentos más íntimos. Después me confesaría que espero una buena parte de esa noche a que yo fuera a su cuarto y que incluso se atrevió a ir al mío, pero no intentó abrir la puerta.
A los pocos días se mudó a una casa en las afueras de la ciudad. Me gusta pensar que lo hizo para estar a solas conmigo, pero la verdad es que la renta era mucho más barata. Me invitó de inmediato a conocer su nueva casa y quedamos de vernos en una plaza comercial, referencia fácil e imperdible. Ella llegó con esa boina que le vi la primera vez.
(Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.)
Conocí su casa y, antes de conocerla a ella, decidí ser franco. Le dije que no podía ni quería ofrecerle nada. Que me atraía increíblemente, pero que no tenía intenciones de algo más serio con ella, ni ahora ni después. Dudó unos instantes y pensé que me iba a gritar o a darme una cachetada, pero al final me dio un beso. Y me cantó en japonés, con una voz preciosa que no le había escuchado.
(Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.)
Antes de irme, veía desde su ventana la ciudad en silencio. Ella se levantó, envuelta en la sábana y extendió su mano diciéndome: “Aquí está la llave. Deja todo y vive conmigo.” Cerré sus dedos, uno por uno, y le dije: “No.”
Este amor es como mar, algo que se va a escapar, no cabe en mi pecho.
Para mantenerme vivo necesito ese motivo que en ti yo encuentro.
Y seguimos viéndonos de manera irregular por varias semanas. Nunca había tenido una pareja como ella, con quien me entendiera tan bien físicamente y tan mal emocionalmente. Una vez me habló por teléfono al trabajo (todavía desconozco cómo consiguió el número) y gritó, maldijo y blasfemó por varios minutos. Mis compañeros, mientras tanto, disfrutaban el espectáculo que les estaba ofreciendo. Con mi cara de circunstancias, sostenía el teléfono sin decir palabra. Cuando se desahogó, me preguntó con un hilo de voz: “¿Tienes algo que decir?” Le dije que no y colgué.
Cuando ya no pueda mas, voy a salir a volar, voy a buscarte.
Y cuando tenga tu amor sincero volverá la luz de nuevo a mi universo.
Dejamos de vernos por algunos días, pero fuimos invitados por un amigo en común a una fiesta formal. Era una boda o algo así. Nuestro amigo decidió ser abogado de causas perdidas y nos hizo sentarnos juntos. En la mesa también estaba un tipo antipático que se puso a tratar de persuadirme de que, de no haber nacido él, la humanidad estaría perdida.
Me enteré entonces que Katy había sido invitada a cantar y se dirigió al centro de la pista. Mientras cantaba, mi vecino me contaba de su habilidad para hacer billetes. Katy comenzó una nueva canción, Remolino, de Francisco Céspedes.
Tu amor es como un río que baña el cuerpo
Es como un remolino que va creciendo.
Tu amor es el perfume que trajo el viento.
Si te vas a marchar, llévate antes mi cuerpo.
¿Cómo dijo? Mi vecino repitió: “Le decía que compré unos terrenos bien baratos en Vista Larga…” No, imbécil. ¿Cómo dijo ella?
Tu amor es como un río que baña el cuerpo
Es como un remolino que va creciendo.
Tu amor es el perfume que trajo el viento.
Si te vas a marchar, llévate antes mi cuerpo.
Sentí como mi sangre llegaba a cada rincón de mi cuerpo y luego regresaba. Sus miradas y su entonación me lo confirmaron, esa canción era sólo para mí. Por un momento pensé que todos se habían percatado y que me veían con morbo. Katy terminó de cantar, recibió los aplausos correspondientes y regresó a la mesa. “¿Te gustó la canción?” me dijo mientras ponía su mano en mi muslo. Cinco minutos después salimos de la fiesta. Fue la última vez que la vi.
Y tras mi momento de debilidad tipo Corín Tellado, el cual sirvió para probar este bló, regresamos a la programación habitual.
Posted by dtradd on Apr 23 2009 in Uncategorized

April 25th, 2009 at 2:12 pm
Vientos, mi estimado.
Un gusto leerlo. Incluso fuera de la programación habitual…
April 28th, 2009 at 10:00 am
Pos ya que…. hay veces en que hay que cambiar de canal para ver una mejor programación, lo cual nunca ocurre… Sin embargo te entretiene igual que el anterior…
Esperemos que siga creciendo…